—No puedo creer que lo hayas hecho. ¿Estás loca?

—No es para tanto, me dedico a esto.

—Pearl, tu eres una exploradora reglamentaria, no una espía. ¿En qué estabas pensando?

—En que llevaba mucho tiempo tras esa relique y no iba a dejar que nadie me la volviera a arrebatar, ni siquiera los merdes de los Cosechadores. Además, fue Delilah quién me dio el soplo.

—Delilah, ¿la loca que dirige la estación Perséfone? Eso me deja mucho más tranquila. Creo que esta copa no es lo suficientemente fuerte.

—¿Qué querías que hiciera?

—¿Dejarlo pasar por una vez? pero claro… cómo no va a ganar la siempre perfecta Laureline ‘Pearl’.

—Si quieres puedo darle la historia a otra agencia de noticias.

—…

—Lo ves… siempre gano.

—¿Cómo llegaste hasta él?

—¿Quieres encontrar el eslabón más débil de la cadena? Busca al que gasta más dinero. Sabía que Kozlov permite que algunas bandas de Cosechadores utilicen sus convoys para mover piezas de contrabando a grandes distancias, pero necesitaba el calendario de envíos.

—¿Qué tiene de especial esa reliquia?

—Nada. Dos veces me la han arrebatado y no iba a permitir que se rieran en mi cara. Así que durante todo un mes me pegue al culo de ese connard de Karim, una máquina de gastar dinero: putas, drogas, alcohol… un rastro lo bastante apestoso como para perderlo.

—¿El responsable de mover las mercancías?

Oui, pero cometió dos errores. Pensó que podría ganar unos cuantos créditos extras para él solo si metía refugiados en los contenedores en los que Kozlov hacía la vista gorda, y se saltó la primera regla de este negocio, no hagas nada sucio en Perséfone y, sobre todo, no le toques los ovarios a Madame Delilah.

—Esa mujer me da escalofríos. ¿Cómo pudo ser tan tonto?

—El dinero siempre ablanda el cerebro. El muy imbécile hizo una parada en Perséfone con un carguero repleto de personas en los contenedores. Se suponía que sería una parada técnica: repostaje, ajuste de navegación, registro de carga… y un par de noches de desfase en la estación. Con las pruebas fui directa al despacho de Delilah, te puedes imaginar la de lindezas que salieron de su boca.

—¿Y no liberó a las personas?

—Favor por favor. Necesitaba conocer el calendario de envíos de Kozlov y para eso necesitaba vivo a Karim. ¿Qué iba a hacer ella con esas personas? Simplemente metió en la lista negra a ese grupo de Cosechadores y se aseguró de que le consiguiera algunas reliques. Delilah hizo su magia. Solo tardo un par de horas en darme los datos de la reunión.

—¿Ya está? ¿así de fácil? ¿no comprobaste nada?

—Cuando Madame Delilah te da un regalo como ese no haces preguntas. Simplemente das las gracias como una buena chica y te vas. ¿Por qué crees que todas las federaciones y la O.N.U. dejan en paz a la Perséfone? Tenía que darme prisa, en tres días se produciría la reunión en el astro puerto de Kashdam y con mi nave podría llegar un día antes que el carguero de Karim.

—No puedo creer que dejarás a esas personas a su suerte. ¿Qué hay en Kashdam?

—Mugre, vicio y una de las centrales de la empresa de transporte de Kozlov. Desde ahí salen casi todos los envíos hacía los planetas del interior del Cinturón. Karim se reuniría con el director de contabilidad, al parecer mano derecha de Kozlov en esa zona.

—¿Qué paso en la reunión?

—A partir de aquí no puedes contar nada. Es el trato que hice con Delilah. La reunión se celebró en el Asakusa, un elegante restaurante japonés con turbias salas VIP. Está regentado por un gros y degenerado japonés que es uno de los miles de informadores que tiene Delilah. Muchos secretos se cuecen en sus salones donde solo sirven preciosas gheisas. Te puedes imaginar que en un lugar como Kashdam no hay muchas chicas japonesas.

—¿Modificadas genéticamente?

—Y con implantes cerebrales. Las foutues Trituradoras de Sueños.

—Joder, esa mierda es muy ilegal.

—Ese cochon ofrecía un servicio discreto a sus clientes. A las chicas les activaban los implantes y se quedaban como amebas, esclavas sin ninguna conciencia, todo de lo que vieran u oyeran, que no fueran órdenes directas se borraba de su cerebro. No solo servían sushi, al terminar la cena, los VIPs, podía hacer con ellas lo que quisieran. Esas pobres filles no recordaban nada. Supongo que mejor para ellas.

—Repugnante.

—Karim y el otro saciaron todo tipo de apetitos y planificaron las rutas para los próximos envíos.

—¿Cómo conseguiste la información? ¿Pirateaste el cerebro a una de las chicas?

—¡Ya me gustaría! Soy buena pero no tanto. Pero ¿sabes en lo que soy buena? En captar a los tíos turbios.

—¿El dueño del restaurante?

—Ese gros japonés tenía más pasta de la que podría ganar llevando un sitio así, por muy exclusivo que fuera, y las Trituradoras no son baratas. El muy cochon enviaba información a Delilah que conseguía grabando las vivencias de los cerebros de las chicas. Pero descubrí algo más, tenía un negocio paralelo que ocultaba a Delilah. Vendía esos recuerdos como porno sensorial. Se aseguraba de eliminar cualquier audio comprometedor y como los implantes impedían que las chicas vieran las caras, el material llegaba a todos esos raros que se ponen cachondos sintiendo el miedo y el dolor de las víctimas. Completamente asqueroso.

—¿Cómo lo lograste?

—El gros aceptó que pudiera ver las grabaciones de las tres Geishas que atendieron esa noche a cambio de no decirle a Delilah lo de su negocio pornográfico. Podría conseguir la relique a cambio de olvidar lo que ocurría allí dentro. Nadie jode a ninguno de los hombres de Delilah por muy cochons que sean.

—Entonces…

—No iba a dejar que se me escapara una tercera vez, ¿a quién le importa lo que pasa en un lugar como Kashdam? El problema del sensoporno es que es jodidamente vivo, aún tengo esa sensación en mi cuerpo, ¡los puedo oler… Merde! Creo que no volveré a comer shushi en mi vida.

—¿Y la reliquia?

—En una semana recibirían un cargamento de Titán con varias reliques que irían directas a un comprador de la Tierra a través de una ruta no oficial por los asteroides de Hilda. No hay mucha gente con las pelotas suficientes para ir por esa zona.

—¿Cómo la recuperaste?

—Para esa historia voy a necesitar otra copa.

—Espera… si no podías hablar de lo que ocurrió en el Asakusa, ¿por qué me lo estás contando?

—¿Asakusa? No sé de que me estás hablando.

 

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Relato e ilustración pixel art creados por Daniel González

Storyteller, Diseñador de Videojuegos y creador de Gametopia y sus cursos online. Creativo en la agencia de publicidad Flas Marketing y profesor de Guion y Diseño de Videojuegos en el Master de la Universidad Politécnica de Madrid. Leer más

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